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viernes, 9 de enero de 2015

Prólogos

Debió ser el verano del 98, porque es par, y las cosas bonitas ocurren en los años pares, o eso le dijeron una vez. O puede que no, que fuera el siguiente. El verano en que se enamoró como una chiquilla, de aquellos girasoles. De aquella aldea, de aquellos kilómetros hacia el sol. De esas tardes eternas comiendo pipas, de esas noches fugaces mirando estrellas tumbados en mitad de la carretera. De aquellas cosas que parecían prohibidas.

Se levanta a las 7, como cada día, pero sin saber porqué, en esa mañana más fría que cualquier otra, su café lleva más nostalgia que cualquier otro. Y es lenta en sus movimientos. Sabe que va a llegar tarde a dónde va, y también que hoy no va a importarle. Que tiene que caminar al ritmo que marca su tristeza, porque no sabe correr. Mira a través del cristal y ve como se sonríen. Y se sonríe ella también. No quiere ni pestañear, no deja que el gélido termómetro que ve bajar se lleve esa imagen. Y cree que si estuviera ahí fuera, tendría escarcha en las pestañas, y en cambio, siente calor. Toma el café a pequeños sorbos, para no atragantarse con recuerdos demasiado bonitos. Y ahora vuelve la mirada hacia su ciudad de siempre, a ese patio, y esa azotea donde siempre quiso vivir. Y no puede evitar sonreír al recordar ese tobogán que hacía que su madre le regañara por hacer que siempre se le rompieran las medias. Y se ve con muchas chicas más, todas sentadas en el suelo, comiendo un bocadillo, y riendo, y es cuando recuerda que las mejores cosas, se dicen en bajito, al oído. Y es cuando recuerda todas las que no dijo.

Termina el café, pero sigue rodeando la taza con sus manos para que no escape el poco calor que quede y deja salir su alma contra el cristal. Y vuelve a verse haciendo dibujos en el del asiento trasero del coche cuando llovía y se empañaban. Y le regañaban de nuevo. Como aquella vez en que se escapó con su hermana mayor de la casa de campo de su tía, para esconder un tesoro entre dos árboles, poco antes, al parecer, de que fueran talados. Y aunque sabe que el tesoro eran una moneda y un simple papel, se entristece al no recordar que habían escrito en él. Y cierra los ojos por primera vez en aquella mañana, fuerte, muy fuerte, para intentar leerlo. Y después los abre, fuerte muy fuerte, para intentar imaginarlo. Y sabe que seguramente querrían decirse algo a su yo del futuro, a ese que está ahora junto a la ventana, cambiando un poco su vida más adulta, por un poco de vida. Y por un momento cree que si alarga la mano, puede llegar hasta ella misma, hasta su niña, y decirse que no llore tanto, que no sufra tanto, que al final nada merece la pena. Y al intentarlo se le cae la taza de las manos y se rompe en pedazos. Y las dos hermanas, como si pudieran haberlo escuchado, levantan la cabeza, mientras dejan de enterrar el tesoro y se van corriendo. Con miedo, como toda la vida ha seguido corriendo. Y es por eso que ya no corre. Que se mueve al paso lento de su tristeza. Porque ya no tiene prisa, aunque a veces sí miedo. Recoge esos pedazos, como hizo con su vida cientos de veces, y los lanza muy muy lejos, donde no haya nadie, para que no puedan dañar. Y va hasta su habitación y vuelve a meterse en la cama. Se esconde bajo las sábanas y se sonríen. No cree que tenga que estar en ningún sitio mejor que allí en ese momento. Todo lo demás, todo eso ajeno a la vida, puede esperar.




domingo, 4 de enero de 2015

Libros sobre ruedas

En la ciudad canadiense de Hamilton, se ha reconvertido un vagón de tren de 1954, en una biblioteca pública. 

Esta gran iniciativa, como lo es cualquier espacio público abierto y disponible para facilitar el acceso a la cultura, se da además, en uno de los barrios más desfavorecidos de la ciudad. Voluntarios de su centro cívico buscan fomentar la lectura en una zona donde el 45% de su población vive bajo el umbral de la pobreza,  la tasa de abandono escolar triplica la del resto de la ciudad y solo un 1% finaliza los estudios universitarios. 

El “Literacy Express” se convierte así en un símbolo por la igualdad de oportunidades en materia de educación. Para su transformación, cambiaron los asientos del vagón por estanterías repletas de libros, unos 1500 ejemplares donados por diferentes editoriales.

Y es que como los iniciadores de esta propuesta debieron pensar, los libros nos permiten viajar a través de cualquier tiempo, historia y espacio.

Misma idea que vemos reflejada en la librería francesa “La caverne  aux libres” una insólita  librería ubicada en Auves-sur-Oise. Y digo insólita puesto que la librería, no es que esté ambientada en un tren, sino que el padre del actual librero, compró una estación de tren hace 20 años y ubicó allí su librería, donde hileras de libros se extienden a lo largo de dos vagones de trenes que todavía permanecen sobre las vías pese a estar ya desgastados por sus viajes y el tiempo.  Lo que probablemente le da, aún mayor encanto. Como a sus libros también desgastados puesto que se trata de una librería de segunda mano.


Un lugar que no puede pasar inadvertido, y del que no puede pasar de largo, ningún bibliófilos que se encuentre en el país.

martes, 23 de diciembre de 2014

Regalarte


 "Nuestra vida está hecha más por los libros que leemos que por la gente que conocemos" 
Graham Greene

Llegan fechas emotivas, de compartir, regalar, disfrutar, de excesos y también defectos.
Y ya que vamos a sobrepasar límites, hagámoslo por el lado sano también. Regalemos cultura, regalemos libros. Hay un libro para cada persona, sólo hay que buscarlos y redescubrirlos. Siempre he pensado que a quién no le gusta leer es porque no ha dado con su..."media página" su media naranja de papel. Así que ayudemos a esas personas... a encontrarlo. Y si es en las pequeñas librerías de barrio, mejor.

"El héroe discreto"  el último libro de Mario Vargas Llosa, con su mezcla de humor o melodrama, "Las tres bodas de Manolita" emotiva novela del Madrid de la posguerra de Almudena Grandes, "Mi color favorito es verte" ganador del Premio Nadal con el que nos sorprendió Pilar Eyre o "El umbral de la eternidad" de Ken Follet son algunos de los últimos grandes éxitos que están triunfando en las librerías y que serían un regalo perfecto para estos días.

Pero no sólo de novelas vive el hombre, y si algo ha cambiado en los tiempos que corren ha sido un creciente interés por la economía, al menos por entenderla, y por ello libros dedicados a ella y a la política. Destacando en éstos términos: "Pequeño cerdo capitalista", "No pienses en un elefante" o "Con tinta roja"  sobre política y corrupción.

Hay tantos libros como intereses. Por lo tanto, sólo hay que tratar de pensar un poco en la persona a la que queremos sorprender o agradar, e indagar en los suyos, para, si no conseguimos dar con su media naranja literaria, al menos habernos acercado, o haberle hecho pasar unos buenos momentos, con ese "libro de paso". Y si no, que sirva de descarte.


jueves, 18 de diciembre de 2014

Los buenos días

Son exactamente igual que los otros, que los malos, igual de malos.
Pero esos días, confío en que la vida nos devolverá, así, de repente, toda la suerte que nos ha ido quitando.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Chile a través de las casas de Neruda

Cada año, miles de admiradores de este excelente y conocido escritor chileno, visitan Chile, a través de los ojos de Pablo. Y esto es, visitando sus tres hogares.


La Chascona, que significa despeinada, es su casa situada en un barrio bohemio de Santiago. Era su nido de amor de su relación extramatrimonial con la escritora chilena Delia Urrutia y en honor a su melena, le dio ese nombre. Es una casa muy colorida y con un estilo y decoración basados en el mar, y en sus grandes viajes. Fue restaurada en 1972, debido a que sufrió actos vandálicos, por considerarse un enemigo del sistema, por ser comunista confeso.


La Sebastiana se encuentra en la ciudad de Valparaíso, ciudad que amaba como escribió en sus memorias. Quería una casa sencilla, cómoda, y aunque bien comunicada, alejada de sus vecinos. Una casa en la que retirarse, sin embargo, quedó a mitad construir (por un constructor español) a causa de su muerte y en la que quería volver a su infancia decorándola como una casa de juguete.


En Isla Negra, Valparaiso, tenía una casa con vistas al Pacífico, ante las cuales es fácil imaginar, su inspiración brotaría a raudales. Neruda compró el terreno y una casa adyacente de piedra en 1938 tras su vuelta de Europa y la reformó hasta quedar satisfecho, ya que era su lugar favorito y donde escribió sus principales obras. Una decoración náutica, conchas, fotografías de mujeres, botellas, mariposas, espadas… Reflejan parte de su personalidad y sus gustos, como por ejemplo la locomotora que llevó hasta su terreno para decorar. Cuando murió, y tras instaurarse la democracia en 1990, sus restos pudieron ser llevados allí, donde por petición expresa quería que fuera, en un acantilado sobre el mar.




"Compañeros enterradme en Isla Negra
frente al mar que conozco, en cada área rugosa
de piedras y de olas que mis ojos perdidos
no volverán a ver"

Su poesía, su personalidad y un poquito de él, siguen allí.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Hay días que puedo volar

Te lo juro.


Hay días que puedo atravesar todas las leyes de la física y partirlas en dos. Hay días que vibro. Como un átomo excitado antes de volver a su estado fundamental. Hay días que me gusto. ¡Vaya si me gusto! Y la vida, con todo lo perra que es. Que me apasiona todo. Que incluso desearía ser eterna y poder no dormir nunca más para ser capaz de escribir, inventar, leer y bailar todo lo que tengo en mente. Y encerrado.
Hay días que soy como una llama. De verdad. Y de fuego. Que ardo de puras ganas de vivir. De reír y llorar y de hacerlo a la vez. De no querer parar de conocer gente porque todas las historias me parecen increibles y necesarias de ser contadas. Y escuchadas. Y muy vividas.

Hay días que me veo capaz de alinear los planetas. Y los días de la semana. Y colocarlos en mi orden favorito.
Hoy habría sido viernes. Y Marte. Y amarte.

Que hay días que soy capaz de volar. Te lo juro. Que puedo incluso con esa "tristeza por el mundo" que a veces viene y me golpea y se va. Hay días que bailo en el metro y que no sé ni hablar de todo lo que quisiera decir. Que ando cuarenta minutos bajo la lluvia porque sí. Que hay días que soy la vida. De verdad. Que me envidiaría a mí misma por no poder estar para siempre conmigo. Que me encantaría a la vez no ser yo, para poder decirme lo increíblemente bonita que soy, aunque sólo sea por no creerlo. Y que podría creerlo.

Te juro, que hay días que podría con cualquier cosa que me propusiera(n). Que podría levantarme antes de irme a dormir, y desayunar a la luz de la luna en la propia luna. Y cambiar el mundo. Y ponerlo, ¿qué sé yo? Un poquito más hacia la risa.

No sé si entiendes lo que intento decir y justo es exactamente eso lo que quiero decir. Que hay días que entiendo el misterio de todo. Incluso de lo que no lo tiene. Que es como si me concedieran unas horas de lucidez sobrehumana y entendiera la sencillez de ser, estar y parecer todos los verbos. Y esos días me parece imposible no poder verlo los otros. Y sólo lamento no conseguir guardar en frascos la sensación, ni poder repartir de a poquitos esa especie de droga sana. Y loca.

Hay días que puedo volar.
Lo juro.